Antes de que la luz del sol baña
la plataforma de inhumación, los deudos del fallecido
entran por la puerta frontal, que suele estar cerrada en
días normales, arreando a un caballo que carga el
cadáver envuelto en una mortaja, y lo colocan en el
suelo con la cabeza dirigida a una terraza ubicada en lo
alto de la plataforma. La mortaja es preparada con la
túnica que el difunto usaba en vida, y su cuerpo se ha
reducido al tamaño de un feto humano. Los hijos del
muerto limpian la terraza y levantan una por una las capas
con sutras estampados de una tela blanca, que es una ofrenda
de la familia. Dentro de poco llegarán los lamas para
orar por el viaje del finado al otro mundo.
Al
otro lado está un templo, en cuya puerta espera el
sacerdote, quien se ha presentado temprano y de cuando en
cuando sube las gradas para escuchar por entre las hojas de
la puerta hasta qué parte ha llegado la oración de
los lamas.
Terminada la oración, se ahuma
una cantidad de hojas de moral, las que se prenden como una
hoguera. Luego viene volando y planeando encima en
"reconocimiento del lugar" una de las águilas
que aguardan en la distancia. Al poco aparece en el cielo un
enjambre de puntos negros que se vuelven cada vez más
grandes y llegan desde todas direcciones, levantando una
enorme polvareda. Abanicando las alas grandes y gruyendo con
fuerza, las aves voraces bajan y posan en los muros y los
tejados. Al final canta el sacerdote, a cuyos pies se
postran los niños del perecido. Agitando un tambor
pequeño en una mano, el sacerdote hace clarinada con un
fémur humano sostenido en la otra, y el sonido es tan
triste y agudo que parece horadar hasta las nubes. Dicen que
el clarín debe ser el fémur de una muchacha virgen
para que pueda sonar vigoroso. Habitualmente, este hueso es
donado por una joven antes de morir por voluntad propia.
Pero también hay quienes donan sus cráneos con los
que se hacen candiles para colocarlos delante de los nichos
de Buda.
En cuanto el sacerdote empieza a
afilar su gancho y cuchilla contra la pared, las
águilas vuelan alrededor, chillando y peleando. Ahora
se abre la mortaja, y el sacerdote voltea el cadáver ya
putrefacto y mete la primera cuchillada. Mientras no para de
orar, corta un pedazo de la planta de un pie del muerto.
Según la leyenda, es para cortar sus lazos con la
tierra. Acto seguido, el sacerdote aplica un tratamiento
sencillo al cadáver y llama a las águilas a que
bajen del aire y lo cubran. Pasados unos minutos, cuando el
sacerdote las ahuyenta, se descubre que del cadáver
resta solamente un montón de huesos destrozados.
Entonces, se los envuelve en harina de cebada de secano y se
los rompe para dárselos de comer a las aves. Acabadas
las sobras, las águilas peinan sus plumas con
pereza.
Quizá sea un fortuna que la vida
pueda irse tan limpia y el alma pueda descansar en plena
paz.
Por último, la familia pide grabar
seis caracteres en un guijo o hacer de éste una figura
de Buda. Esta piedra, cogida del río, se talla
según su forma natural, y con ella se deja cierto
mensaje que se supone de Buda.
Se afirma que la
inhumación a cielo abierto es el funeral de mayor
belleza por su forma, en el cual se usan plataformas tan
buenas y colaboran sacerdotes y águilas tan excelentes.
Si el hombre tuviera alma de veras, vería desde lo alto
que las águilas se llevan su pellejo al cielo. ¿No
será eso mucho mejor que su cara hermosa quede
destruida poco a poco por los gusanos? Más vale que
alguien desaparezca así que sufrir cremación en un
horno. Por lo demás, el muerto puede hacer una
última donación, como dicen los
budistas.
La vida y la muerte son
compañeras tan íntimas que según el budismo
la existencia es una rotación continua y el cuerpo no
es más que el vehículo del alma para un viaje.
Sólo que ¿será posible que las personas vivas
desprecien la encarnación? y ¿si sabrán
preferir al alma después de analizar el significado de
la muerte?
(Fuente: Beijing
Informa, abril de 2002)