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La inhumación a cielo abierto en Tíbet
2004/05/13



Antes de que la luz del sol baña la plataforma de inhumación, los deudos del fallecido entran por la puerta frontal, que suele estar cerrada en días normales, arreando a un caballo que carga el cadáver envuelto en una mortaja, y lo colocan en el suelo con la cabeza dirigida a una terraza ubicada en lo alto de la plataforma. La mortaja es preparada con la túnica que el difunto usaba en vida, y su cuerpo se ha reducido al tamaño de un feto humano. Los hijos del muerto limpian la terraza y levantan una por una las capas con sutras estampados de una tela blanca, que es una ofrenda de la familia. Dentro de poco llegarán los lamas para orar por el viaje del finado al otro mundo.

Al otro lado está un templo, en cuya puerta espera el sacerdote, quien se ha presentado temprano y de cuando en cuando sube las gradas para escuchar por entre las hojas de la puerta hasta qué parte ha llegado la oración de los lamas.

Terminada la oración, se ahuma una cantidad de hojas de moral, las que se prenden como una hoguera. Luego viene volando y planeando encima en "reconocimiento del lugar" una de las águilas que aguardan en la distancia. Al poco aparece en el cielo un enjambre de puntos negros que se vuelven cada vez más grandes y llegan desde todas direcciones, levantando una enorme polvareda. Abanicando las alas grandes y gruyendo con fuerza, las aves voraces bajan y posan en los muros y los tejados. Al final canta el sacerdote, a cuyos pies se postran los niños del perecido. Agitando un tambor pequeño en una mano, el sacerdote hace clarinada con un fémur humano sostenido en la otra, y el sonido es tan triste y agudo que parece horadar hasta las nubes. Dicen que el clarín debe ser el fémur de una muchacha virgen para que pueda sonar vigoroso. Habitualmente, este hueso es donado por una joven antes de morir por voluntad propia. Pero también hay quienes donan sus cráneos con los que se hacen candiles para colocarlos delante de los nichos de Buda.

En cuanto el sacerdote empieza a afilar su gancho y cuchilla contra la pared, las águilas vuelan alrededor, chillando y peleando. Ahora se abre la mortaja, y el sacerdote voltea el cadáver ya putrefacto y mete la primera cuchillada. Mientras no para de orar, corta un pedazo de la planta de un pie del muerto. Según la leyenda, es para cortar sus lazos con la tierra. Acto seguido, el sacerdote aplica un tratamiento sencillo al cadáver y llama a las águilas a que bajen del aire y lo cubran. Pasados unos minutos, cuando el sacerdote las ahuyenta, se descubre que del cadáver resta solamente un montón de huesos destrozados. Entonces, se los envuelve en harina de cebada de secano y se los rompe para dárselos de comer a las aves. Acabadas las sobras, las águilas peinan sus plumas con pereza.

Quizá sea un fortuna que la vida pueda irse tan limpia y el alma pueda descansar en plena paz.

Por último, la familia pide grabar seis caracteres en un guijo o hacer de éste una figura de Buda. Esta piedra, cogida del río, se talla según su forma natural, y con ella se deja cierto mensaje que se supone de Buda.

Se afirma que la inhumación a cielo abierto es el funeral de mayor belleza por su forma, en el cual se usan plataformas tan buenas y colaboran sacerdotes y águilas tan excelentes. Si el hombre tuviera alma de veras, vería desde lo alto que las águilas se llevan su pellejo al cielo. ¿No será eso mucho mejor que su cara hermosa quede destruida poco a poco por los gusanos? Más vale que alguien desaparezca así que sufrir cremación en un horno. Por lo demás, el muerto puede hacer una última donación, como dicen los budistas.

La vida y la muerte son compañeras tan íntimas que según el budismo la existencia es una rotación continua y el cuerpo no es más que el vehículo del alma para un viaje. Sólo que ¿será posible que las personas vivas desprecien la encarnación? y ¿si sabrán preferir al alma después de analizar el significado de la muerte?



(Fuente: Beijing Informa, abril de 2002)



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